Lupe y Pepe

Ella quería ser diferente y él anhelaba ser normal, pero juntos, siempre juntos, lograban estar. Cierta madrugada Pepe se despierta con la respiración desbaratada, voltea y ve la silueta desnuda de Lupe durmiendo a su lado. Inmediatamente se tranquiliza y vuelve a conciliar el sueño. El hábito de dormir desnudos lo habían adquirido juntos. Una manera de sobrellevar el calor, y de no perder tiempo al iniciar su ritual para dormir cada noche haciendo el amor.

A la mañana siguiente, Pepe se levantó muy temprano a barrer la casa, regar las plantas, organizar el comedor e incluso alcanzó a sacar del armario la decoración de navidad. Entre luces de colores y guirnaldas, había un cuadro con el retrato de un hombre de color caminando con una vasija en sus hombros, mientras su mujer lo acompaña a su lado cargando un bebé y una cesta. El cuadro lo pintó un español, a quien ambos admiraban por haber sido capaz de abandonarlo todo, e irse al Amazonas a pintar y  vivir de la naturaleza. En la parte de atrás, tenía una pequeña leyenda. Decía que el cuadro había sido pintado con un tinte especial a base de frutas y plantas y pinceles que había improvisado con materiales que se topaba el artista en el camino. Los rumores decían que el valiente hombre ya había muerto mucho tiempo atrás, pero lo cierto era que para Lupe y Pepe seguía vivo junto al cuadro en donde yacía su firma: Rigoberto.

Pepe colgó el cuadro en el clavo de siempre. No sin antes asegurarse de que quedara en el ángulo preciso para que cuando Lupe despertará, pudiera verlo de buenas a primera desde la cama. Seguido se acostó a su lado, a contemplarla. Podía sentir su sangre circular por sus venas al ritmo de una melodía que se extendía por los ámbitos más recóndito de su cuerpo. Era la misma que había estado merodeando a su lado por los últimos treinta años al menos. La mismas cálidas manos que parecían reconocerlo al instante, los mismos ojos con la misma mirada tenue que a veces reconfortaba, pero que también juzgaba si se le antojaba. El mismo olor que ya parecía confundirse con el suyo, los mismas piernas que casi siempre permanecían la izquierda girada hacia adentro, apuntando a la derecha, lo que provocaba una extraña postura al estar de pie. Única, decía ella. Se sintió extraño viéndola y tocándola por última vez, le parecía algo confuso.

Antes de irse disparó una última fotografía, e intento imaginar cómo sería la vida de Lupe de aquí en adelante. Ella es una persona de esas que sólo dice lo que piensa. Es fantástica para trabajos manuales. En ocasiones, y cuando se embriaga, dice tener contacto con seres que ya han muerto, quienes han venido en busca de su ayuda. Pero tal vez está completamente equivocada, y en realidad han venido a disfrutar de su presencia.

Va a morir casada y de vejez. Con tres hijos que pudieron ser seis, si de ella hubiera dependido por completo. A los cuarenta y cuatro, si hace finalmente lo que marque el corazón, va a lograr el éxito. Rodeada de dinero, recibirá parte de su herencia en vida. Viajará mucho como cualquier persona en su posición. Y finalmente mantendrá una doble vida, siendo de esas personas que logran controlar en mayor medida su propio destino. Siendo libre.

Abrumado por tanta nostalgia, Pepe terminó por aprovechar para hacer otros muchos arreglos que venía aplazando desde hacía años por simple desidia. Organizó la cocina, ubicando los platos por tamaño, color y estilo, tal y como a ella le gustaba. Por último remató colgando las luces de navidad por toda la habitación,  y las encendió. Lupe despertó.

—Colgué tu cuadro favorito— le dijo Pepe por última vez, antes de marcharse.

Por: Duvan Fruto Medina / @damfello 

 

Sparta

De todos los lugares a los que solía llevarme durante mi infancia, había una parada de ida y vuelta que encontraba alucinante. Se trataba de un local bastante pequeño y particularmente frío, teniendo en cuenta que se encontraba en el centro de Barranquilla. Y con frío no sólo me refiero a la temperatura generada por el aire acondicionado, sino en general por toda la atmosfera del lugar. Luces fluorescentes blancas, piso blanco, mesas rectangulares blancas y personal de atención con batas blancas, además de vitrinas llenas de portaretratos con personajes blancos. Europeos al parecer, no estoy seguro.

Ella era comerciante, y todos los días hacía un recorrido que iniciaba desde el pueblo en el que estuviéramos viviendo, llegando al centro y continuando hacia el norte de Barranquilla, recorriendo distintos barrios, de casa en casa en las que tocara realizar cobros u ofrecer nueva mercancía.  Al llegar la noche, y antes de tomar el bus del pueblo, regresábamos al centro, justo al local que antes mencionaba.

Había dos razones por las que me gustaba este lugar. La primera, tenía que ver con el cine que se encontraba al lado. Al cual algunas veces la recepcionista me dejaba entrar a ver algún pedazo de película, siempre y cuando se tratara de una para niños.

La segunda razón eran las extrañas mesas blancas del local. Lograban hipnotizarme. Eran como especie de naves para mí.

Siempre éramos los primeros, así que podíamos elegir la mesa que quisiéramos. De esa tarea yo era el encargado. Mientras tanto ella dejaba todas las bolsas en el piso, tomaba algo de aliento, buscaba en su bolso la cámara de fotos,retiraba el rollo y se dirigía hacia la caja para hablar con la encargada. Yo llevaba las bolsas a la mesa y esperaba ansioso a que ella terminara y volviera con mi siguiente tarea.

— ¡Ya, enciende la luz hijo! — me decía con su voz animada.

Era el momento. Me escurría por la silla, llegaba debajo de la mesa para ubicar el interruptor y lo encendía. Nada sucedía hasta que volvía a la silla, subia la mirada y entonces veía la mesa completamente iluminada. Allí iniciaba el proceso de revisar los negativos expuestos a contra luz, seleccionar las mejores fotografrías, para luego pedir que las reveleran.

Saliamos del local muy tarde en la noche con un nuevo paquete de fotos que entregar al día siguiente.

 

 

Como los Loritos

Era un día soleado como cualquier otro en Santo Tomás. Alex había salido muy temprano al monte decidido a atrapar finalmente aquel canario amarillo rey que le había estado coqueteando desde hace meses con su cantar. Algunas mañanas incluso volaba hasta las afueras de su casa a esperar a que Alex despertara, para entonces desplegar sus alas y abrir de par en par su pequeño pico puntiagudo.

Ya en el monte cerca de su casa, Alex preparó la jaula con agua y alpiste dentro, y pasó a colocar un pedazo de rama en la puerta para mantenerla abierta. Una vez lista, la colgó con nylon de pescar al árbol de trupillo en el que algunas veces había visto al canario cantando. La trampa había quedado armada para que el ave simplemente entrara a comer y se encerrará. Luego se fue directo al jagüey a darse un chapuzón y relajarse.

Pasadas un par de horas, y volviendo al árbol de trupillo, vio desde lejos que había un aleteo dentro de la jaula. Emocionado corrió a ver si lo había logrado, pero para su sorpresa y decepción, se trataba de un simple loro, una hembra como pudo verificar al voltearlo y palpar cuidadosamente la separación encima de su ano.

— Y hembra…pensó.

Con ese sin sabor regresó a casa aquella tarde con su lora. La colgó en la terraza del patio, revisó que tuviera agua y comida, y volvió a su rutina hasta caer la noche. Por la madrugada lo despertó no el cantar de los gallos como de costumbre, sino el estruendoso cotorreo en su patio. Se levantó a ver qué sucedía, y fue entonces cuando vio a otro loro que no paraba de dar vueltas alrededor de la jaula. Para su sorpresa, al acercarse, éste no intentó huir de él, sino por el contrario se detuvo encima de la jaula y empezó a cotorrear más fuerte. Abelardo lo tomo con sus manos suavemente y lo entró a la jaula. Ambos loritos se subieron al columpio y se quedaron en silencio expectantes de la situación. Abelardo simplemente liberó una leve sonrisa cómplice.

— Don Lorito y Doña Lorita, pronunció antes de volver a dormir.

Un nuevo día comenzó, y nuevamente la noche cayó. El bullicio del cotorreo volvió a irrumpir el sueño de Abelardo. Salió al patio pero no vio nada a excepción del loro macho que continuaba cotorreando y agitado. Pensó que tal vez no se estaban llevando tan bien después de todo.

Por la mañana siguiente construyó una nueva jaula, la colgó a unos cuantos pasos separada de la anterior, y en ella puso a Don Lorito. Antes de dormir les colgó una camisa encima para que descansaran ambos loros tranquilos.

Por la madrugada, el cotorreo despertó primero a Don Lorito, quien de inmediato empezó a volar y a estrellarse contra la jaula, una y otra vez sin rendirse. A la final ya todo ensangrentado y débil, lo único que logró fue tumbar la camisa encima de su jaula, y ver por última vez a la gata del vecino como se preparaba desde la mesa para saltar a la jaula de Doña Lorita que aún continuaba cotorreando en su interior. La luz se encendió en ese momento, y los candados empezaron a abrirse. Abelardo abre la puerta del patio, y no ve nada más que una jaula tapada con Doña Lorita cotorreando, y la otra destapada con Don Lorito en el aluminio del piso agonizando. Sin entender mucho corrió a la jaula del loro, e intentaba todo lo que alguna vez su padre Jaime le había enseñado. No pudo salvarlo, y aquella noche Don Lorito murió en su mesa de comedor.

Los gallos empezaron a anunciar un nuevo amanecer, y Abelardo salía nuevamente al patio a cavar un pequeño hueco con sus manos para enterrar a Don Lorito. La perra de las vecinas del patio de atrás, Claudio se llamaba, brindó sus respetos con un aullido aquella mañana.

Ese mismo día Abelardo decidió no poner más la camisa para tapar la jaula de Doña Lorita, ya que tal vez esto no era una buena idea después de todo. O tal vez por remordimiento. No sabía muy bien. También bajó la jaula de donde estaba colgada, y la ubicó en la mesa del patio.

 

Luna llena. La gata vecina recorría con tal sutileza por lo alto de la paredilla que no se hacía daño con los picos de botellas que figuraban pegados con la mezcla de cemento ya seca, y generaban luces de distintos colores al recibir los rayos de la luna.

La gata encontró la jaula encima de la mesa, para así lograr con mayor facilidad su cometido. Comenzó a golpear con sus patas la jaula, y Doña Lorita permanecía inmóvil en su columpio, ni siquiera el cotorreo se escuchaba; parecía haber aceptado su destino. La gata, astuta, daba vueltas a la jaula, pero no hacía mayor ruido porque tampoco quería volver a cometer el mismo error de despertar a su vecino. Seguía merodeando la jaula intentando descifrar el acertijo, hasta que poco a poco fue descubriendo el punto débil de la entrada, y hasta que al fin logró deslizar suavemente hacia arriba la puerta con su pata izquierda delantera, mientras con su pata derecha y sus garras destapadas, intentaba llegar a Doña Lorita que seguía petrificada en su columpio. En ese preciso momento un fuerte ladrido le penetró en las orejas, y la hizo saltar tan alto que casi que en un milisegundo ya se había perdido entre la oscuridad del callejón.

Claudio era la única perra lesbiana de todo Santo Tómas, y esto era debido a que había sido criada por tres mujeres según se rumoraba entre la gente. Era además muy famosa en el lugar, puesto que era el ejemplo que usaban las madres para explicarle a sus hijas algo de orientación sexual cuando la cosa no marchaba como querían.

El punto era que Claudio había pasado cavando toda la noche una zanja entre la pared que dividía su patio con el de Abelardo, y así de está manera pudo  llegar hasta la gata en el momento que la vio en tierra firme.

A la mañana siguiente Abelardo se levantó con los gallos como de costumbre, y extrañado, se dirigió al patio en donde encontró a Doña Lorita tranquila en su jaula. Se acercó a cambiarle el agua, y fue entonces cuando se percató también de la presencia de Claudio debajo de la mesa moviendo la cola y su mirada de ternura. Se conocían desde siempre. ¿Pero por qué estaba en su patio? Busco por todo el lugar hasta llegar a la zanja, y pensó entonces que tal vez eran ladrones los que habían estaban intentando entrar a su casa todos esos días.

Volvió con Claudio, le dejó agua y comida, y salió a la casa de sus vecinas para pedirles que dejaran la zanja entre sus paredes traseras, y de está manera Claudio pudiera cuidar ambas propiedades, él a cambio les ayudaría poniéndole agua y comida en su patio todas las noches. Las vecinas no tuvieron mayor problema, y accedieron a la propuesta.

Desde entonces Doña Lorita durmió tranquila todas las noches en su columpio resguardada por Claudio.

Tiempo después y ya cerca de fin de año, Abelardo preparaba su casa para recibir a su hija que venía todas las vacaciones de mitad y fin de año a pasar tiempo con él, tal y como había acordado con su ex mujer. Incluso le había contado a su hija Rosa sobre Doña Lorita, que estaba seguro le iba a encantar. Así que también pintó la jaula que le había sobrado de colores, y la dejó secar durante días antes de pasar a Doña Lorita para evitar que el olor a pintura la fuera a intoxicar. A la madrugada siguiente, antes de que los gallos cantaran, ya Abelardo estaba despierto ordenando la ropa que se iba a poner, y preparándose para ir a la ciudad a recoger a su hija. El aullido de Claudio volvió a sonar. Abelardo se levantó corriendo al patio pensando en los malechores, pero lo que encontró fue a Claudio aullando a la jaula de colores en donde reposaba el cadáver de Doña Lorita. Abelardo sin más remedio la tomó con sus manos, y la llevó a enterrarla al lado de su compañero. ¿Cómo iba a explicarle a Rosa que ya Doña Lorita no estaba para que la conociera?, pensó. Junto a él estaba Claudio mirándolo fijamente y con algo de compasión.

—Tal vez una compañero es lo que te hace falta amigo, le expresó.

Eso precisamente fue lo primero que le contó a Rosa al llegar a recogerla al apartamento de su mamá, y al parecer funcionó porque inmediatamente le contó a su padrastro y a su madre antes de irse que iba  tener un perrito como sus amigos del colegio. Abelardo antes de irse le pareció buena idea extenderle la invitación a su ex mujer de venir a pasar navidad todos juntos incluido su esposo. La cordial respuesta que recibió le dejó claro que había perdido su tiempo.

Llegaron a un fundación de animales en Barranquilla, y Rosa se enamoró de un perro marrón juguetón que no paraba de ladrar y correr en círculos en su jaula.

— ¿Cómo lo quieres llamar reina?

—Perrito papi

—¿Perrito?, ¿Así le vas a llamar?

—Sí papi, es un Perrito bonito.

Así Abelardo, Rosa y Perrito llegaron a Santo Tomás, a iniciar unas nuevas vacaciones juntos. Perrito fue el más emocionado al llegar a casa y encontrarse con ese patio enorme en donde no hacía más que correr de un lado a otro y revolcarse en la arena. Rosa lo perseguía feliz también, mientras Abelardo los observaba en su silla desde la terraza.

 

24 de diciembre. Abelardo tenía planeado algo muy especial para compartir con su hija, sus hermanas y sobrinos. Hasta volvió a insistirle a su ex mujer de que pasara un rato por la casa a estar con todos, pero nuevamente le dijó que no podía al estar en casa de su suegra con la familia de su esposo. Igual se sintió bien al menos con intentarlo. Todos en familia preparaban la cena, mientras Rosa por su parte jugaba a El escondido con sus primos.

El aullido nuevamente reclamó el silencio en la casa, y todos expectantes y algo asustados, empezaron a buscar respuesta en la cara del otro. Abelardo los tranquilizó inmediatamente y les dijó que se trataba de Claudio, la perra de las vecinas. Sin embargo, guardó su preocupación para sí mismo, y se fue al patio para cerciorarse de que todo estuviera bien.

Al llegar no encontraba a Perrito por ninguna parte, así que empezó a llamarlo caminando por todo el patio y directo hacía la zanja para ver si estaba del otro lado con Claudio.

—Perrito, Perrito…Ven, ¿dónde estás?

Perrito estaba en el otro patio aullando, mientras Claudio reposaba en la zanja con cuatro cachorritos sobre su barriga. Gritó emocionado hacía dentro de la casa para que vinieran a ver lo que sucedía. Todos vinieron y rodearon la zanja, Rosa que nunca había visto tal cosa, se agachó anonadada, mientras Claudio parecía querer expulsar a un quinto cachorrito. Uno totalmente diferente a sus hermanos al parecer.

—Papi, papi, mira ese qué bonito. Es verdesito, como los loritos.

 

PD: Para L.P.; con cariño y desde la distancia te acompaño en tu dolor.